Blancanieves Torrecilla, primera maestra rionegrina en la Antártida acaba de jubilarse

Río Grande.- Blancanieves Torrecilla es una maestra nacida y criada en Choele Choel y es parte de una familia muy querida en la localidad.
Un buen día con su esposo Christian decidieron instalarse bien al sur, en Río Gallegos. De repente se tentaron con la idea de vivir y dar clases en la Antártida Argentina. Luego de inscribirse y de infinidad de entrevistas fueron seleccionados para ir. La campaña del 2002 los encontró en el Continente Blanco. Fue un 19 de marzo cuando Blanca bajó del Hércules C – 130 y pisó la pista de la Base Vicecomodoro Marambio. Se puso a llorar.
Fue sólo un instante. De inmediato, encontró con la mirada a su marido, Christian Rodríguez, se secó las lágrimas y una sonrisa le cubrió la cara. Entre los dos, tomaron de la mano a sus cuatro hijos Julieta de 12 años, Manuel, 9, Joaquín, 4 y Candelaria 2, cargaron con la guitarra y los bolsos, dispuestos a comenzar con la aventura de vivir un año en la Antártida.
Blancanieves -cómo no creer que su nombre le marcaría el destino-  la directora de la Escuela 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín -ex Julio Argentino Roca- que funciona en la Base Esperanza.
Christian era el maestro de música. Por eso se entiende que durante las cuatro horas de vuelo desde Río Gallegos haya cuidado su instrumento como si se tratara de un valioso Stradivarius. Antes de subir al avión, la única preocupación de Manuel, era que sus juguetes no se hubieran quedado abajo. Sólo se tranquilizó cuando el papá le dijo que estaba todo en orden.
Ese día, el matrimonio terminaba con un largo proceso de selección que había arrancado en mayo de 2001, cuando se anotaron para ser los maestros de la Antártida. Tuvieron que pasar por innumerables entrevistas y convivir con algunas de las familias de militares que invernarían con ellos, hasta ser designados.
Así, Blancanieves se puso a dirigir las actividades de la escuela, que contaba con 23 alumnos de todas las edades. Dos mamás la ayudaban: una se encargaba de los chicos de preescolar y otra de los adolescentes del secundario, que utilizaban un sistema de aprendizaje a distancia.
La Escuela

Aunque se trata de una escuela pública, no tiene nada que envidiar a un colegio privado. Durante la mañanas se cursan las materias habituales, mientras que por la tarde se dan clases de inglés, computación, artesanías, actividades plásticas y educación física.

La temperatura en Base Esperanza solía estar en los 15 grados bajo cero. Pero los chicos parecían no sentir el frío, y después de retocar una maqueta de la base modelada en arcilla se iban a jugar con la nieve. Claro, con los recaudos necesarios como -por ejemplo- cuando corría mucho viento, atarse a una soga.

“La escuela es el centro de las actividades de los chicos. Pueden estar aquí todo el tiempo que quieran. Es el mejor lugar que tienen para jugar. Mientras algunos juegan afuera, otros andan en rollers (patines) aquí adentro”, decía por entonces Blancanieves, quien hace unos días obtuvo su jubilación, aunque seguirá ligada a la docencia.

El clima es muy riguroso en la base y, obviamente, empeora en invierno. Ese año soportaron vientos de hasta 150 kilómetros por hora y hubo diez días en los que se quedaron sin agua. “Los chicos estaban felices porque no los mandábamos a bañarse”, recuerda la por entonces directora de la escuela más austral del país, que depende de la Secretaría de Educación de la provincia de Tierra del Fuego.

El matrimonio vivía en Río Grande, en el centro de la Isla Grande, donde el clima también es extremo. Pero esa experiencia no alcanzó para imaginar lo que deberían soportar: días enteros sin poder salir, aislados por el viento blanco. Cuando desde el cielo no bajan tormentas, “mirás alrededor y decís: “No puedo creer estar acá”. Todos los días descubrís algo nuevo. Nunca terminás de sorprenderte”.

Son días que se aprovechan para hacer caminatas por los alrededores de la base o ir a esquiar. También pueden disputarse apasionados partidos de fútbol en la gigantesca cancha formada por el mar congelado de la Bahía Esperanza.

La escuela está hecha con paneles especiales para soportar las bajas temperaturas. Como las otras construcciones de la base, por fuera está pintada de naranja y por dentro se parece a tantas otras escuelitas.

Las aulas están divididas por paredes corredizas, así pueden agrandarse o achicarse según la cantidad de alumnos que hay cada temporada.

El patio está cubierto, claro, y también es usado para partidos de fútbol y para disputar un torneo de voleibol en el que participan los padres de los chicos.

El gabinete de computación está equipado con PC de última generación. “Habíamos armado una página de Internet, como parte de un proyecto del que también participaron una escuela de Alaska y el Colegio Marín, de San Isidro. Nuestra misión era proveer parte de los contenidos del sitio”, explica la docente.

Como cualquier otra directora, a Blancanieves le preocupaba la opinión de los padres. “Estaban contentos. Eso significa que trabajamos bien”, razona.

Aunque hay cosas que no son iguales que en otros colegios. Por ejemplo, los alumnos pueden estar haciendo las tareas mientras devoran galletitas con dulce de leche. Y, además, muchas veces no les toman exámenes. “Como estás tan cerca, ves la evolución de cada uno. Por eso no es necesario tomar evaluaciones”, explica la maestra y directora, quien en octubre estará unos días en Choele Choel para luego seguir viaje.

Licencias que pueden permitirse cuando se trabaja a 3229 kilómetros de distancia del Palacio Pizzurno.

 

VIDEO EN FACEBOOK DE 7 EN PUNTO

 

 

.