Sixto Escobar habló por primera vez de su experiencia en Malvinas

Pomona.- Rompió el silencio. Título facilista y no creíble. El silencio no se rompe, es imposible. Sí es cierto que Sixto Escobar nunca jamás había contado su experiencia de su paso por Malvinas en el conflicto bélico. Fue tal el mutismo que mantuvo desde su regreso al continente que hasta Elda, su compañera de toda la vida, se asombró del relato con lujo y detalle que entre mate y mate hacía su esposo en la tarde del viernes pasado en el living de su casa. Parecía que todos estos años de atesorar vivencias lo fue puliendo de modo tal que no quedó nada librado al azar.

“Se despachó”, me dijo alguien. “Se sinceró”, le contesté. Por lo menos esa fue mi percepción y no creo errarle.

Sixto era cabo del ejército, componente del Batallón de Comunicaciones 181, había dejado atrás su infancia en esta localidad para seguir la carrera. Con Elda hicieron la primaria juntos y tienen una coincidencia. Nacieron en el Jardín de Río Negro. No en la entonces salita, sino que en sus casas. La ida de Sixto los separó pero “la guerra nos unió”, dijo Elda. Es que antes de partir al Teatro de Operaciones tuvo unos días y se vino a Pomona. Allí iniciaron la unión que aún hoy perdura.

Luego el viaje a Malvinas en el Comandante Irizar para llegar a Puerto Argentino el mismo 2 de abril a las 11 de la mañana. El 26 de marzo les dijeron que iban al Sur, sólo eso. Le tocó ser parte de una red de comunicaciones en un recorrido que primero hacía en una bicicleta de mujer y luego en una moto que habían traído desde Comodoro Rivadavia. Se relacionó con los isleños y conoció a Nicolás Kasanzew, quien les compraba los cigarrillos en los almacenes. Kasanzew oficiaba de corresponsal y mentía descaradamente diciendo que los soldados estaban muy bien comidos y pertrechados, entre otras cosas.

“Cuando comenzaron los ataques estos eran insoportables e interminables. Comenzaban a las 4 de la tarde y no paraban hasta las dos de la mañana. Así todos los días”, dice. Cuenta que en uno de los ataques, una “pepa” dio en un tinglado enorme que la oficialidad argentina cuidaba con mucho celo. “Con otro compañero fuimos a ver qué había allí que no nos dejaban acercarnos. La sorpresa fue que estaba lleno de comida, carne, cigarrillos, galletas y verduras. Nos dio bronca porque pasábamos hambre y estos tipos lo tenían todo guardado para ellos. Nos trajimos, cigarros, azúcar, pan y un garrón de cerdo que lo asamos esa madrugada. ¡Qué hambre teníamos!”.

Se refirió a la caída y el trato que le dispensaron los ingleses. “La orden era tratar de no entregar las armas sanas, así que las inutilizábamos. Nos llevaron a un descampado cerca del aeropuerto donde montaron una especie de campo de concentración, mientras organizaban nuestro traslado de regreso. En esas circunstancias no fueron agresivos ni nada por el estilo. Nos subieron al Camberra con destino a Puerto Madryn y estuvimos cuatro días girando en alta mar, porque el gobierno argentino no quería recibirnos. Fue así que nos permitieron bajar de noche y con Madryn totalmente a oscuras. Para ellos éramos una verguenza. Incluso, el micro que nos llevó a Buenos Aires iba con las cortinas cerradas y también nos dejaron de noche. Cansado de todo ese desprecio, un tiempo después pedí la baja. No quería saber más nada”.

Para Sixto no fueron épocas sencillas. Todo lo contrario. No cobró indeminización, tampoco conseguía trabajo y encima toda la carga emotiva lo llevó a guardarse lo vivido en ese infierno.

“No quería hablar del tema, ni siquiera con mi esposa o mis hijos (dos varones de 30 y 27 años), fueron años complicados pero el cariño y el amor de ellos me hicieron salir adelante”.

37 años después, con la ayuda de un amigo en común, contó su historia. Ojalá le haya hecho bien desembarazarse de ese tramo tan particular de su vida, sacarlo afuera. Ojalá.

 

En las fotos de Malvinas. 1. Es el que está al lado del ventanal. 2. Con la Kawa 250, que usaba para ir de extremo a extremo.