Una centuria de rica historia. Sentido homenaje al Club Atlético Lamarque

Lamarque.- Con motivo del centenario del club azulgrana, Edgardo Nievas desgrana, en un texto cargado de recuerdos, un racimo de anécdotas y personajes que ya son parte del patrimonio histórico de la principal institución deportiva de la localidad.

Imposible evitar que la lectura nos dibuje una sonrisa en el rostro y nos inunde de melancolía, mientras repasamos los momentos y los rostros que este relato nos trae a la memoria. Agradecemos a Edgardo por el sentimiento que supo volcar en sus palabras y a Jesús Ruiz -su sobrino- por compartirlo con nosotros.

 


UNA CENTURIA DE RICA HISTORIA

 

texto de Edgardo Nievas

El Club Atlético Lamarque se ha destacado más que por sus logros deportivos obtenidos, por la enorme cantidad de personajes inéditos. Poblado de épicas e irrepetibles figuras, a lo largo de un derrotero mezclado y salpicado por circunstancias muy adversas, connotaciones de extremo sacrificio.

La nobleza y entrega desinteresada de un legendario maestro de escuela rural, vaya si lo era, don Eusebio Arrieta, un docente puntano, hoy una calle del pueblo lleva su nombre, uno de los fundadores principales del incipiente club. El más antiguo de la zona y uno de los más viejos de la Patagonia. Merced a su espíritu de lucha inquebrantable, logró con un par de socios, de un lirismo insospechado, salir de la estación ferroviaria de Darwin, en un tren de carga rumbo a Buenos Aires. Ni bien llegaron entablaron contacto con autoridades de San Lorenzo de Almagro, el viejo club de Boedo, para conseguir oficialmente las camisetas, ya había tenido otras pero no convencían. Y en esa vorágine de hechos inconmensurables, irrepetibles, se fue forjando la institución.

Quien no tuvo el orgullo de ponerse aunque sea por un rato la casaca de los viejos colores, muchos de ellos de vida itinerante se juntaban solamente los domingos a la hora del partido, bien propio de la época, convengamos que en el resto de los clubes de la zona pasaba lo mismo, salvo Sportsman Club que era más organizado, más recursos, otra elite.

Repasando anécdotas, el patio de comidas de las hermanas Giuliani, los domingos al mediodía, sobre hoy calle Güemes, detrás de un arco sobre la parte Este del pueblo, Gran Pensión El Campeonato, donde se destacaban los tallarines y ñoquis caseros, acompañados de abundante vino clarete de la Bodega de San Segundo de Allen. Los ferroviarios de Darwin se deleitaban esperando la hora del partido de primera, y trasnochados por su oficio de los rieles se dormían plácidamente en las mesas, mientras un par de gatos callejeros se comían lo mejor del menú dominguero. Por el otro arco sobre la Avenida Sarmiento, la Pepa Saá hacía la diferencia con borrachines de ocasión, abundante vino y sándwiches de mortadela.

 

Quien no tuvo el orgullo de ponerse aunque sea por un rato la casaca de los viejos colores, muchos de ellos de vida itinerante se juntaban solamente los domingos a la hora del partido, bien propio de la época…

 

Nombrar a todos los que pasaron por ésta centenaria y noble entidad sería muy largo, los números no alcanzarían, pero es imposible omitir o dejar de lado a figuras que de una u otra forma, en mayor o menor medida, entraron en la historia grande del club. Algunos con ribetes de mayúscula magnitud por su calidad, personalidad, ascendencia y jerarquía. Imposible olvidar las paredes cortas o largas que fabricaban en cualquier sector de la cancha, Facho López, Aldo Varela, los hermanos Sempé (Axel y Rubén) para deleite de todos los públicos, los goles de Atilio Danna (Pingaja), la seguridad de Héctor Sánchez en la zaga, tampoco se puede dejar de lado a personajes que marcaron a fuego, la trayectoria de la institución, por su personalidad, idiosincrasia, la sobriedad de Carlos Nievas Mora, las locuras de Haroldo Muanna, más acróbata de circo que arquero en serio, atajaba los centros al arco hasta con la nariz. Otro arquero inolvidable, Largui, Raúl Campos, émulo del Pato Fillol. Mario Benigno Gorriti y su permanente olfato de gol, el Negro Carrilao, el Mortero de Rufino, por el impresionante impacto que le daba a la pelota, el Indio Torres, el Chango Soria, el Vasco Barreneche, el Chango Barrionuevo, Eduardo Martínez, Coco Besada, Maito Guerrero.

Un verdadero mosaico que nos dejaron un recuerdo indeleble. Después aparecieron en esta maratón interminable, Manolo García, el Petiso Puigcerver, el Gato Zunzunegui, antes y después, Lorenzo Nievas, los hermanos Alonso (Cachito y Carusa), los hermanos Peinecura (Luis y Horacio), Carlitos López y su prodigiosa zurda, algo realmente interminable. También hubo destacadas figuras foráneas, como el Negro Ferreira, el Pipi Pineda, Oscar Segatori, un arquero de gran trayectoria, de una capacidad incuestionable, el Ruso Clemant y su ubicuidad bajo los tres palos.

Hasta en el plano internacional también los decanos tuvieron éxitos sorprendentes e inesperados. De la mano de Gonzalo Zunzunegui los garotos patagónicos ganaron un torneo invictos, nada menos que en tierra de los quíntuples campeones del mundo.

Penetrar en el vestuario de los jugadores de Lamarque y exhalar ese tipo de aroma de un fluido magnético tan particular, era una panacea para los que vivían en los alrededores, aún en lugares muy distantes.

Un gran saludo a los que están y particularmente un gran recuerdo a los que fueron, a los habitantes del pueblo, sin distinción de colores, el cariño de siempre.