Cuando la escuela es la última trinchera

Por Ana Arriza.

Nuestros modos de vivir han cambiado vertiginosamente en el último siglo. Nuestros modos de educar, un poco menos. En realidad, los modos de educar de la escuela han cambiado menos.

Solía decirse que la familia es la primera educadora. Solía decirse que los valores se aprenden en casa. En casa había que esperar el turno para hablar después de los adultos, se aprendía la responsabilidad, la honradez, los modales en la mesa y las normas de higiene fundamentales. Poco a poco, la transmisión de muchas de estas prácticas fue pasando a la segunda educadora: la escuela. La escuela incorporó los comedores y comenzó a enseñar cómo se agarran los cubiertos, la escuela extendió su jornada e incluyó recreos más largos donde lavarse manos y dientes, la escuela empezó a planificar contenidos actitudinales que indicaran lo que debe enseñarse y saberse para poder convivir -porque ahora la real convivencia se daba en sus aulas. La escuela levantó el guante de la crianza inconclusa de esos niños y niñas a los que ya no bastaba con instruirlos.

La misma escuela tuvo entonces que enfrentarse a otro desafío: hacer ésto desde el desprestigio. Hacerlo cuando ya no es considerada una autoridad, cuando la voz del maestro -que enseña a leer, sirve la sopa, y seca las lágrimas- ya no es respetada por la misma sociedad que le encargó tales quehaceres. Hacerlo cuando los medios dictan el temario de la sobremesa y un “influencer” despierta más interés que un premio nobel. Hacerlo desde el lápiz y el papel, cuando un click en internet achica brechas imposibles, tantas veces como las crea. Hacerlo cuando esa instantaneidad ya es el ritmo natural de niños que desconocen el aburrimiento. Hacerlo en clave de derechos. Hacerlo desde sus intereses. Hacerlo integralmente. Hacerlo virtualmente. Hacerlo cuando quienes estamos en el frente de batalla no fuimos preparados para ello.

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Y, cuando eso sucede, la escuela es acusada de obsoleta y de aburrida. Y quizás lo sea. Quizás debamos ir pensando qué debe enseñarse en este nuevo tiempo. Y cómo debe hacerse. O quizás, sólo quizás, exista la posibilidad de que su ritmo lento la convierta en el último bastión desde el que resiste la cultura: el único lugar en el que un niño llegue a conocer a Mafalda antes que a un youtuber, vea teatro de sombras en lugar de un show de Tinelli, escuche a Mozart en lugar de reggeaton, juegue cara a cara en lugar de en red y aprenda que no gana si no respeta las reglas del juego. Quizás, sólo quizás, se convierta en la última trinchera en la que el conocimiento lucha la desigual pelea contra la moda y las tendencias. Y quizás nos dé -todavía- la oportunidad de llegar a convertirnos en una sociedad mejor de la que somos.


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