El recuerdo de lo que queremos ser

Por Ana Arriza

La historia de un pueblo solía ser patrimonio de los historiadores. Un registro de datos fundamentales que rara vez recuperaba las anécdotas y vivencias que se contaban en las peñas o en los bares, pese a que son éstas las que, lentamente, consolidan el folklore del lugar hasta delinear la identidad colectiva.

Es que antes de las redes, antes de los posteos y los likes, los pueblos tenían sus propias tramas en las que se tejía lo cotidiano y la costumbre, en la que se recuperaban proezas y fracasos. Historias que se enseñaban -no en los libros o las escuelas- sino en las sobremesas, con la cadencia de la voz de los abuelos y con la nostalgia del que quiere eternizar el pasado.

Quizás no “todo tiempo pasado fue mejor”, pero valorar ese pasado es -sin dudas- la clave para construir un mejor futuro.

En la actualidad las redes sociales y los recursos digitales van ocupando ese lugar, donde son los mismos vecinos los que van reconstruyendo, pieza a pieza, la historia cotidiana de un lugar, con fotografías de su gente, con anécdotas, con recuerdos. Recreando, con recursos virtuales, aquella labor que supieron ocupar los poetas de la edad media, que no es ni más ni menos que mantener vivas, en la memoria, las batallas cotidianas a las que nos enfrentamos en nuestras vidas.

Pero más allá de cuál sea el medio para expresarlo, existe una natural necesidad de una comunidad de vincularse con su pasado. Con sus raíces. De recordar momentos en que fue feliz. O al menos más feliz que ahora. Idealizar sucesos pretéritos al punto de deformar totalmente, en el relato, el acontecer de los hechos vividos.

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Hay algo curioso en el modo de pertenecer a una comunidad que se transmite, se atesora y se nutre como parte de quienes somos y serán los nuestros. Y que se conserva como un puñado de relatos que el tiempo va tiñendo y que, a medida que se reviven, van perdiendo ciertos tonos y resaltando los detalles hasta que nuestros recuerdos adquieren la forma y tamaño que somos capaces de abarcar.

Pertenezco a la gente que amo, y ellos me pertenecen a mí, ellos, y el amor y la lealtad que les doy, forman mi identidad mucho más de lo que cualquier palabra o grupo podría jamás”. Veronica Roth.

Dicen que cada vez que rememoramos un acontecimiento, cambiamos un detalle de lo ocurrido. Que nuestros recuerdos, entonces, tienen más que ver con nuestros sentimientos que con lo que efectivamente ocurrió.

Y, si ese es el caso y nuestros recuerdos no hablan de quienes somos o fuimos, sin dudas hablan de quienes queremos ser: quizás no “todo tiempo pasado fue mejor”, pero valorar ese pasado es -sin dudas- la clave para construir un mejor futuro.


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