El S.O.S. de la niñez en tiempos de pandemia

Por Ana Arriza 

Niños en cautiverio. Tenemos una generación de niños que pasaron meses encerrados en sus casas, sin asistir a la escuela, o al club, sin ir al mercado o visitar a los abuelos y amigos. Son niños que pasaron un tiempo considerable con contacto social nulo en una etapa de la vida en la que los vínculos son indispensables para reconocer la existencia de un otro distinto y construir una perspectiva del mundo capaz de abarcarlo.

Después de casi tres meses de encierro, el mundo de los adultos les dio la posibilidad a esos niños -que no eran la causa ni el grupo de riesgo- de asomarse apenas al umbral. Se permitieron los paseos y caminatas alrededor de sus casas y poco más. En los siguientes dos meses, cambiamos de fases, abrimos comercios, confiterías, recuperamos celebraciones y retomamos actividades: abrieron los gimnasios, se reanudaron las clases de yoga y los partidos de pádel, se pudo hacer running y andar en bicicleta. Nosotros pudimos. Los chicos no tanto.

¿Qué recursos, qué estrategias y qué concepciones tendrán los miembros de una sociedad que no crece en sociedad?   

Este análisis merece ser tenido en cuenta, especialmente si la aparición de nuevos casos en la zona exige ajustar las medidas de prevención. Es claro que estas medidas suponen el desafío inmenso de cuidar la salud de todos, aun cuando muchos quisieran decidir por sí mismos. Es posible entonces que también pueden resultar controversiales y que, en un punto, exigirán un compromiso y un sacrificio que sólo será valorado cuando veamos asegurado un bien mayor. Lo que debemos tener igual de claro, es que ese compromiso debe asumirse colectivamente y en el orden de las reales posibilidades de cada uno, y ello incluye a la infancia.

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Si los gimnasios abren y sólo los adultos acceden, les enseñamos que no somos todos iguales: a ellos podemos postergarlos. Si sus actividades deportivas empiezan pero sólo en los clubes donde una cuota limita el acceso, les estamos enseñando que la salud no es un derecho, sino un privilegio de clase. Si nosotros -que ya volvimos al trabajo y salimos a comprar sin restricciones- nos juntamos a cenar en una confitería y ellos -que ya entienden que la escuela será el último espacio en normalizarse- apenas pueden verse del otro lado de la plaza, lo que decimos es que los dos metros del distanciamiento social pueden volverse centímetros para unos y kilómetros para otros.

Y aunque es lógico pensar en cómo reactivar un sistema y prever el impacto en la economía, también deberíamos ir pensando en el impacto que este vacío llegue a tener en toda una generación.

¿Sabemos qué duelos enfrentan nuestros niños? ¿Estamos considerándolo en el diseño de las medidas? ¿Estamos comunicándolo?

Nadie estaba preparado para enfrentar la realidad de hoy. Como comunidad, con nuestros más y nuestros menos, hemos dado muchos pasos muy valorables. Son los pasos que hoy nos permiten recuperar espacios, conquistar algo parecido a la normalidad que alguna vez dimos por sentada. Ojalá esa normalidad se consolide integrando más voces, ojalá podamos darle voz a quienes todavía no la tienen y podamos enseñarles -con el ejemplo- que nos volvemos mejores cuando nos consideramos realmente iguales.


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