Historias de La Julia: El Fiscal

Por Ricardo E. Garber.-

Era el cuadro más extenso de La Julia y simultáneamente el más apartado desde las casas.

Nacía en el valle, abajo, lindero a Castre, remontaba la barda, allí donde la ruta 250 sube la cuesta y actualmente se encuentra el canal Pomona San Antonio Oeste y se expandía por la meseta patagónica.

La mayor parte del Fiscal era planicie amesetada patagónica, cubierta, no muy densamente, por la vegetación típica de la región del monte, que se hermana con parte de Neuquén, con Mendoza y Sanjuan, llegando hasta La Rioja misma en una franja no muy ancha y paralela a la majestuosa Cordillera de los Andes de la región cuyana.

La vegetación era la típica de meseta, algunos chañarales, jarillales, alpatacos, fumes, piquillínes, zampas y matanegras y los pastos que buscan reparo de las matas para desarrollarse y acaso cubrirse del rigor tanto del invierno como del verano. Muy pocos pajonales de vizcachera, muy aislados.

Hay que ser firme de carácter, optimista de ánimo, acostumbrarse a los silencios y saber valorar los desiertos para vivir en esa región.

El puesto de la Bajada

En la época de la ruta de ripio, al pie de la barda, a pocos metros de la ruta misma estaba la casa de barro donde estaba ubicado el teléfono del puesto de la Bajada desde donde el puestero del Fiscal podía comunicarse con la casa principal del casco. Distaba legua y media o mas desde el puesto mismo.

Teléfono antiguo, con vasos para la solución electrolítica donde estaban inmersas las pilas voltaicas que daban energía para poder comunicarse con la otra punta de la línea telefónica. Se daba manija para llamar al otro lado y esperar la respuesta del interlocutor.

La línea era unialámbrica, se ubicaba por arriba de los alambrados a unos tres metros de altura en postes atados a los postes del alambrado y el hilo estaba sujeto por una “tacita” aisladora de porcelana atornillada en el extremo superior uniendo a cada puesto o chacra con las casas del casco.

Era normal que después de cada tormenta de lluvia o viento había que hacer una recorrida de la línea telefónica para ver que poste de madera blanda podía haberse caído e interrumpido la conexión telefónica

Cuando tocaba hacer la inspección de la línea telefónica, se salía a caballo, temprano a la mañana y mi abuelo siempre me recordaba “No te olvides de llevar tenaza y california” por si había que atar o empatillar un poste caído.

Cuando se iba a comprobar el funcionamiento o directamente solucionar la incomunicación se llevaba solución electrolítica para completar los vasos y había que empezar a hacer el intento de comunicación. Se verificaban las conexiones y contactos y se le empezaba a dar manija al teléfono esperando el timbre de la respuesta. No era fácil pero tampoco imposible.

Mientras Bucci se dedicaba a poner en funcionamiento nuevamente el teléfono, nuestras tareas eran recorrer los alrededores en busca de vaya uno a saber qué, pero había que recorrer los alrededores del puesto para recién después ir a ver las tareas que realizaba Bucci, sin molestar y prestos a hacer lo que a uno le encomendaran.

Al rato sonaba como con cierta debilidad la campanilla anunciando que había conexión con las casas.

– “Holaaaaaaa, me escuchaaaaaannn por alláá!!!. . . . Holaaaaaaaaaaaaaaaaa” – era un clásico de los intentos de comunicación y tarde o temprano se lograba escuchar al que estaba a más de 10 kilómetros de distancia, a veces un hilo de voz y a veces mejor.

Estábamos en la era de las comunicaciones.

En este punto cabe mencionar que desde la década del 30 se tenía teléfono, incluso con la estafeta postal del Correo Argentino en Colonia Josefa, por lo que un mensaje a Choele Choel solo podía tardar el tiempo que se tardaba en dar manija al teléfono sumado al tiempo que el jefe de la estafeta tardaba en telegrafiarlo a la oficina de correo de Choele Choel.

La vista del valle

Volviendo a la descripción es dable hacer mención que desde arriba de la barda se tiene una magnifica vista panorámica del valle de Colonia Josefa en toda su extensión.

Se ve la ruta 250 hasta la curva grande del Cuadro Grande hasta que se pierde en la lejanía.

Allá al fondo se alcanzan a ver hasta los sauzales de Pomona, un poco más aquí, los clásicos álamos de la curva de Colonia Josefa limitando con lo que era la chacra de Campetti y un poco más a la derecha el monte de casuarinas, álamos y sauces del casco de La Julia, sobre la ruta 250 en el kilómetro 228, casi al medio de la increíble imagen panorámica.

Todo esto remarcado por la barda que delimita el valle sobre la margen norte del Rio Negro, como indicando hasta aquí llega el valle.

Todo era una inmensidad verde y celeste que se van entremezclando cuando el día era diáfano. Todo el valle de Colonia Josefa en una misma imagen, digna de quedarse apreciándola un rato en silencio. Y pensar que la mayoría de las veces ni alcanzábamos a prestarle atención por la instantaneidad del paisaje y la velocidad de los autos en nos movemos.

Era la majestuosidad misma de un valle tallado por glaciares de eras pasadas, a nuestros pies.

Camino al puesto

Siguiendo por la ruta a Viedma, Conesa y San Antonio Oeste, a los pocos kilómetros nace el camino de ripio a Valcheta, ubicada en la Línea Sur rionegrina.

Por allí había que hacer un corto trecho para luego tomar el camino directo al puesto de El Fiscal que se abre a la izquierda. Kilómetros y kilómetros sin tranquera alguna.

El Fiscal era un potrero de 5 leguas de extensión (12.500 hectáreas), inmenso, imponiéndose con su vastedad hasta los horizontes mismos.

Luego de andar y andar se abría uno de esos clásicos bajos extendidos de meseta patagónica con su siempre presente laguna salitrosa al medio (a veces seca).

Era entonces cuando se veía al puesto del Fiscal justo en nuestra dirección y del otro lado del bajo estaba las casas de los Blackhall (Blacol para nosotros), nuestros vecinos linderos del Fiscal e interlocutores y amigos del puestero y su familia

La juntada de vacas

En sus orígenes, mi abuelo Don Emilio, admirador de los vacunos mochos negros (Aberdeen Angus), cuando podía y estaba a su alcance compraba algún lote de vacunos de esta raza y los enviaba al Fiscal tal como si fuera una alcancía. Tambien había ganado criollo de largas cornamentas.

Seguí leyendo:   Educación dio a conocer la fecha de inscripción para el Ciclo Lectivo 2023

Es sabido que los animales de raza Angus se “asalvajan” más fácilmente que las razas Hereford, Shorthorn y criolla, razón por la cual juntar las vacas del Fiscal tenía un neto corte de proeza no solo por la extensión del potrero, sino que se sumaba lo difícil del manejo de esta hacienda medio baguala.

Cuando llegaba la época de juntar las vacas del Fiscal se trasladaba al puesto todo el personal disponible (incluso de chacras) días antes de la juntada en sí.

Se recorría el lote, se detectaba dónde podía estar la hacienda, se reforzaban los corrales con chañares que había que talar y acarrear a tiro de caballo hasta el corral mismo.

Me contaba Pilo que mas de una vez le tocó participar de esta tarea en el Fiscal.

Repito, se reforzaban los corrales del puesto con chañares colocados a la par como refuerzos paralelos a los alambrados y corrales de postes. Un trabajo arduo en aras de garantizar el éxito de la juntada de hacienda.

Después de todas las tareas previas llegaba el día de la juntada y se arrancaba bastante antes de la salida del sol, se repartía la gente, punteros, los del medio y los coleros y se comenzaba con la juntada.

Cada tanto había que acomodar el recado y cinchar debido a las constantes corridas y atajadas de hacienda que retrocedía. Pero había que tener máxima precaución al apearse a cinchar. Había que hacerlo con un ojo en la nuca debido a la que los animales más ariscos solían echarse entre los pichanales y existía la posibilidad que ante la presencia una persona a pie en su cercanía aprovechara la oportunidad para atropellarla.

Había que cuidarse mucho y estar siempre prevenido. Había que estar listo con un pie en el estribo siempre presto a montar y poder esquivar la atropellada. Caballo y jinete.

Recordaba Pilo que en una ocasión la juntada venía desarrollándose muy exitosamente, el arreo era grande y se lo iba enfilando al corral de encierre en el puesto.

Todo iba bien y la tropa iba tomando velocidad para terminar al galope a la par del arreo. Fue casi una carrera a la par del tropel de vacas y terneros y para alegría temprana de todos se estaba logrando hacer entrar a la hacienda velozmente al corral.

Y allí empezó a suceder lo impensado: la velocidad del arreo era tal que los primeros animales llegaron al fondo del corral grande y se encontraron con los chañares de refuerzo y al frenar fueron topados por los de atrás, rodaron al piso y los que venían atrás cayeron sobre los primeros y asi sucesivamente.

El resultado final fue que el refuerzo de chañar quedo por el piso y el tumulto de animales ejerció tanta presión que los animales del montón empezaron a pisar a los caídos para finalmente abrir un hueco en el corral y por allí salió mas de la mitad de la hacienda juntada. Impensado. Frustrante.

Al día siguiente hubo que salir a juntar nuevamente pero solo a la mitad, que aún estaba en las cercanías al puesto. Previamente hubo que reparar el cordón de chañares y el corral mismo y simultáneamente apartar los animales lastimados.

En la juntada de hacienda del fiscal era donde se demostraba en su máxima expresión la habilidad de cada uno; por parte de los juntadores, detectando los grupos de vacunos a arrear, anticipándose a que los animales se regresaran para atras, enlazando si fuera necesario o galopando a la par de los animales más
retobados para regresarlos al arreo y por parte de los caballos, estos debían demostrar su fortaleza, resistencia y habilidad de comprender lo que su jinete requiere del él.

La juntada de hacienda del Fiscal era el desafío de todos los años, aquel momento que más allá de su atractivo, cada cual sabía de antemano que tendría que poner todo lo de él para que ese bran esfuerzo fuera exitoso.

El parquecito

Volviendo al tiempo de antes (1920-1940), ya en la meseta, a la vera de la Ruta 250, dentro del Fiscal, sobre mano izquierda había un chañaral que lo llamaban el “Parquecito” y que en ocasiones recibía la visita de los de La Julia que lo usaban de programa para ir a tomar mate con bizcochos algún sábado o domingo por la tarde, a la sombra de los chañares. Esto me lo contó Alicia Bejarano (Ala para nosotros) ya que ella misma había participado en varias ocasiones de ese programa-excursión familiar de fin de semana.

Siempre me pregunté porque lo llamarían “el parquecito” y debe haber sido por que el Chañaral era limpio de matas y tenia la particularidad que las raíces de los chañares tenían la parte superior por arriba del suelo en ángulo, lo que permitiría sentarse a pasar el rato mateando. Era evidente que algún proceso de erosión del suelo había dejado al aire esas raíces próximas al tronco.

Imagino a mis ancestros, allá por los 30, arribando al lugar, desembarcando sillas y canastos del automóvil, preparando todo para pasar un rato de charla a la sombra de los chañares y saludando al pasar a algún viajero que se atreviera a esas distancias. Quizás llevarían los característicos scones con azúcar quemada, quizás algo más elaborado como un apfel strudel (arrollado de manzana), imagino eso porque esas recetas se fueron transmitiendo de generación en generación hasta hoy en día.

Ese sencillo programa de día de descanso habla a las claras del cariño que tenían los de antes a estas regiones norpatagónicas más allá de lo difícil que era vivir lejos de los centros poblados.

Mi abuelo se radicó definitivamente en La Julia en el año 1916, recién casado y vivió allí, en forma continua hasta uno o dos meses antes de fallecer en Buenos Aires en Marzo de 1969.

Un poco más allá del “Parquecito” finalizaba el Fiscal y después de la curva del último guardaganado ya se empezaba a perfilar en el horizonte El Solito: único paradero entre Pomona, Conesa y San Antonio Oeste.


También te puede interesar:

Lecturas y lectores: Los 7 capítulos olvidados de «Cien años de soledad»

 

 

X