La “Escuela para niños débiles”, ¿Primer eslabón de un círculo virtuoso?

Por Ana Arriza

La tuberculosis fue durante mucho tiempo una amenaza incesante para la salud pública. Sin parecerse a la Pandemia actual que afecta a todo el planeta simultáneamente, sus brotes se produjeron en diversos lugares del mundo y durante siglos configuraron un mapa sanitario complejo cuyo abordaje llevó múltiples esfuerzos, recursos y estrategias. Una de ellas, previa al descubrimiento de las vacunas y de los antibióticos que se usarían para su tratamiento, puso el foco en la salud escolar como eje de prevención.

Hace más de un siglo ya, se fundó en Europa la primera “escuela para niños débiles”, una iniciativa educativa y sanitaria destinada a combatir la enfermedad, fortaleciendo la salud de los niños enfermizos. Desde sus comienzos, se basó en un esquema especialmente diseñado para los niños de las clases populares que presentaran síntomas de debilidad, desnutrición o de atraso en su desarrollo. La propuesta interdisciplinaria incluía un plan de alimentación específico, actividad física y un itinerario curricular desarrollado íntegramente en clases al aire libre, con la intención de disminuir el riesgo de contagios, fortalecer la salud pulmonar en particular y el sistema inmune en general.

El 4 de agosto de 1905 se fundó en Alemania la primera de estas instituciones: la Waldschule de Charlottenburg.

Las escuelas para niños débiles se extendieron rápidamente por el continente y cruzaron el océano hasta América en pocos años. Pero su trascendencia, lejos de ser su alcance geográfico, se debe a su permanencia y evolución en el tiempo. Pronto se hizo evidente que las escuelas al aire libre, además de mejorar la higiene y la salud de los niños, favorecían un novedoso contexto de enseñanza de las ciencias beneficioso para  toda la población escolar.

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Así nacieron la “aulas en la naturaleza” y las “escuelas del bosque” que son escuelas que desarrollan su currículo al aire libre y abordan el conocimiento del entorno natural basándose en la observación y la experimentación, para estimular la integración sensorial, favorecer la autonomía y contribuir a la creación de la conciencia ecológica.

Con ellas se cierra un círculo virtuoso que la escuela común inicia tratando de dar una mejor y más adecuada respuesta educativa -a la vez que sanitaria- a la realidad de los niños más vulnerables y se transforma -capitalizando sus fortalezas- en una propuesta para todos los niños, que enriquece el sistema educativo que le dio origen.

El modelo actual se remonta a la década del ´50, cuando Dinamarca puso en marcha la primera ‘Udeskole’ o escuela infantil al aire libre de Europa y donde actualmente funcionan alrededor de 300 de estas instituciones.

Es claro que resultaría preferible que las experiencias que mejoran nuestra realidad nazcan de la evolución misma de nuestras instituciones, antes que por la necesidad de sobreponerse a plagas y epidemias.

Pero, puestos hoy frente a una de ellas, todavía podemos aprender de esta experiencia y buscar nuevas alternativas para cuidar, enseñar y contener a los niños, sabiendo que éste puede ser el origen un nuevo círculo virtuoso que ellos cerrarán haciendo, de nuestro mundo, un lugar mejor para nosotros.


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