La percepción y la realidad

Por Pablo Gustavo Díaz (*).

«Los hechos son los hechos, pero la realidad es la percepción», afirmó alguna vez el más grande científico de todos los tiempos, Albert Einstein. Obvio, para el creador de la teoría de la relatividad el absoluto no tiene cabida en su pensamiento.

Y no debería tenerlo para nadie que se dedique a la política tampoco, pero no siempre es así. Hay quienes creen las cosas en términos absolutos y desde ese pensamiento construyen una realidad que algunas veces puede coincidir con la de los demás, pero que en la mayoría de los casos resulta diferente a la que percibe el resto.

Esta disociación de la realidad es muy fácil encontrarla en los gobiernos. Sean del lugar que sean y cualquiera sea además su signo político. No hay monopolio ni derecho de exclusividad aquí, en algún momento todos los gobiernos pasan por algún tipo de enajenación o desencuentro con la realidad.

Lo vimos, por ejemplo, esta semana pasada en Estados Unidos. El presidente Donald Trump negándose a aceptar la derrota en las elecciones e instigando a sus seguidores prácticamente a realizar un golpe de estado, impidiéndole al congreso convalidar la victoria de Joe Biden.

También lo vimos a fines de 2019 en el gobierno de Chile, al producirse el estadillo social tras el aumento del boleto de ómnibus en su capital, Santiago. El presidente Piñera llegó a esbozar un «estado de guerra» inmediatamente desmentido por el propio jefe del Ejército, acusando además la injerencia del chavismo venezolano en la organización de las revueltas.

Y en nuestro país también, por ejemplo, lo pudimos ver una tarde del año 2001 en el programa de Susana Giménez en una charla de la diva con el entonces presidente de la Nación, Fernando de la Rúa. Cuando éste le contó que en el país pasaban cosas «inéditas» la conductora afirmó «claro, lo del Senado, lo del vicepresidente», pero De la Rúa contesto «no, quiero decir que se acabará la merluza».

Obvio que estos hechos mencionados son el extremo de la enajenación, pero ese no es el caso mas común que podemos encontrar, son excepcionales. La mayoría de los casos de disociación de la realidad se encuentran generalmente en la gestión cotidiana cuando los gobernantes y sus equipos de funcionarios creen estar haciendo las cosas muy bien, pero luego llegan las elecciones y la gente les vota en contra.

«Un buen gobierno no garantiza la victoria, un mal gobierno siempre conduce a la derrota».

Pero ¿por qué sucede eso? ¿cómo un gobierno puede equivocar tanto la realidad que creyendo que está haciendo una buena gestión termina perdiendo las elecciones?

Pueden ser varios los motivos y no siempre son los mismos en todos los casos. Por eso es importante hacer profundas investigaciones que lleven a realizar correctos diagnósticos en cada caso, pero en mi experiencia me he encontrado con algunos puntos en común, a saber:

El microclima de burbuja.

La burbuja que envuelve a los gobiernos es tal vez su peor enemigo. Suelen crear un microclima especial que impide imaginar las tempestades que asolan fuera de ellas. Estas burbujas se producen por la lógica de la gestión que lleva a los funcionarios a encerrase cada vez más en la cotidianeidad del palacio gubernamental priorizando su tarea burocrática, confundiendo el trámite de un expediente con la realidad de la gente.

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Así llegan a creer que una hoja más o un sello agregado al mismo, una reunión con otro funcionario, una aprobación legislativa o cualquier otro hecho administrativo, alcanza para dar solución a las demandas ciudadanas.

… Pero no siempre es así. Y generalmente no es así.

Si la demanda de la gente es por un problema en particular, no le importa bajo qué programa de qué jurisdicción ni con qué fondos se resuelva el mismo. Lo que la gente espera es que, tal como se le prometió en la campaña o en la visita del gobernante al barrio, la calle sea asfaltada, el hospital sea construido -y puesto en función-, la inflación sea frenada y el empleo/subsidio le sea otorgado. Y todo eso, además «just in time», al estilo japonés.

Pinchar la burbuja que encierra al gobierno en ese microclima es la única solución que existe. Y esto se puede hacer de muchas maneras, aunque recomiendo obviamente la manera profesional: contratar los servicios de una consultora externa.

La importancia percibida

Este otro problema tiene relación directa con que el proyecto ideológico del gobierno y el «primer metro cuadrado» de la gente muchas veces no coinciden, o peor, entran en colisión directa.

Nadie puede negar que la posibilidad de viajar a Japón en solo dos horas «alcanzando la estratósfera» anunciado por el presidente Menem, hubiera sido fantástico. Pero en ese momento la gente reclamaba que el tren «quetren-quetren» vuelva a conectar los pueblitos del interior con las grandes urbes urbanas.

Tampoco nadie puede negar lo fantástico que hubiera sido para la ciudad de Buenos Aires convertir la Isla Demarchi en el «Hollywood argentino» prometido por la presidenta Kirchner en 2014. Pero en ese momento la mayoría de la gente lo que reclamaba era acceder a una vivienda propia para dejar de vivir hacinada en la casa de sus padres o pagando alquiler por su inquilinato.

Por dar solo un par de ejemplos de fantásticos planes gubernamentales que nada tenían que ver con las necesidades mas prioritarias de la gente. Esas que la acosan, que la molestan y que predisponen su humor.

Descubrir cuáles son esos problemas prioritarios. Reconocer cuáles de ellos son falencias/facultades de la gestión y pueden ser solucionados. Descubrir el mejor y más eficaz método de resolución de esos problemas. Y ejecutarlo, en el tiempo justo!, son buenas acciones que los gobiernos deberían empezar a realizar, más allá de la pandemia, o a pesar de ella, incluso.

«Al final del día la gestión será evaluada en función de la eficacia percibida en la resolución de los temas de valor para la ciudadanía».

Pablo Gustavo Díaz (*)

Consultor en marketing político


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