Lecturas y lectores: La poesía, ese arte olvidado

Por: Aida Arias

A 50 años de la publicación de «El oro de los tigres» de Jorge Luis Borges.

“Con los años fueron dejándome

los otros hermosos colores.

Y ahora sólo me quedan

la vaga luz, la inextricable sombra

y el oro del principio”.

En el año chino del Tigre de Agua me encuentro con este libro de Borges, que muchos de sus críticos y seguidores aseguran no ser el mejor. Publicado en 1972, a los 72 años del escritor, en este libro de poemas Borges transita su segundo paso por la poesía (el primero había sido allá por los años 20, en su primera juventud).

Hay escritos muy bellos dentro de este poemario. Un señor ya mayor, como era Borges en ese momento (que acababa de recibir el doctorado honoris causa en Humanidades por la Universidad de Michigan) se encuentra con sus desvelos más profundos, y los vuelve a insertar, una y otra vez, en sus escritos. Entonces aparecen los tigres (su animal mitológico), y también las espadas (con fuerte protagonismo en su cuento “El Encuentro” del libro EL INFORME DE BRODIE). Los mismos nombres, las mismas ideas pueblan su pluma, una y otra vez.

De repente, a los 72, la pluma de Borges se vuelve intimista. Borges estaba con otro ritmo poético -reitero- no sólo por la edad y la ceguera, sino justamente porque su universo literario continuaba alimentándose de las mismas cuestiones: Whitman, Las Mil y una Noches, los gauchos, la muerte de Quiroga, Shakespeare. Fue y vino muchas veces por esos lugares, repetitivo, casi obsesivo. Recordemos que hacía mucho tiempo pergeñaba sus poemas en la memoria, buscando cuidadosamente la precisión métrica, el cálculo silábico, hasta desembocar luego en la larga tarea de su dictado y posterior corrección (que podía llevarle meses, y en algunos casos, años).

Algunos de sus admiradores insisten en que este libro de Borges se puede leer como una despedida; si bien muere a los 86 (faltaban 14 años para ese momento), muchos hablan ya del cansancio del escritor. Lo conocí allá por el ’80, mientras cursaba primer año de Periodismo en Buenos Aires, en una conferencia que dio sobre el escritor portugués Eca de Queiroz. Se lo veía tan frágil! Parecía un ángel triste, al mejor estilo del cuento «Un señor muy viejo con unas alas enormes» de García Márquez… su sola presencia emocionaba! Seis años después moría en Suiza.

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Cincuenta años después de esa aparición y ya desaparecido su autor, pareciera fácil catalogar a EL ORO DE LOS TIGRES como “un libro menor” en el universo borgeano. Pero en aquella época su literatura ya se había vuelto universal, y él sólo podía responder a eso de una sola manera: volver a escribir y seguir escribiendo.

Ilustración en acuarela de Vladimir Merchensky

También se había convertido –para esa misma época- en un clásico de la poesía romántica, lo que ciertamente no era de su agrado. Escribía maravillas como “El nombre de una mujer me delata./ Me duele una mujer en todo el cuerpo”. Con esa economía magistral de palabras que lo caracterizaría siempre.

LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

Amo este soneto de Borges, donde casi se excede en algo que lo caracteriza y fascina: la enumeración, como excelente hábito instrumental de ciego. Con estos versos se anticipa a la poesía que luego, en los ’90, tantos poetas calificarían de intimista y de vanguardia.

Seguía dictando, seguía escribiendo. Vivió 14 años más, siempre discurriendo sobre ese universo que muchas veces lo enfrentaba consigo mismo y sus fantasmas: los tigres, los espejos, algún que otro laberinto.

Seguía siendo ese señor ciego con unas alas enormes, como diría el Gabo.

Imagen destacada: Ilustración en acuarela de Vladimir Merchensky


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