Mi hermana Luisa

Por Pablo Otazu.-

En Fiske Menuco (pantano frío), también llamado General Roca, vive Luisa Calcumil, en el Barrio San Martin, un lugar de obreros, amas de casa, gente de trabajo, como le gusta llamar a sus vecinos. 

Una casa pequeña y grande a la vez. Tiene la grandeza del paisano, esa de recibir al viajero, de poner un plato más en la mesa, de compartir, siempre compartir. Si llegas cerca de la comida lo que hay se comparte y si no se agrega, pero un plato más siempre es bienvenido. 

Omar (su compañero) tiene su carpintería en el patio, y allí trabaja, luego está la parrilla, dispuesta en forma permanente y la mesa al aire libre acoge guitarreros, cantores y cuenta cuentos, que traen paisajes múltiples y sentimientos compartidos.

Allí transcurre los días Luisa, conociendo cada rincón de su casa, cada metro, cada elemento que compone su hogar.

También debo destacar su lugar de trabajo, donde entrena, crea y estrena sus trabajos, la Sala Felisa Camu, donde también nos cobijó a muchos artistas y compañeros de la Provincia y del país.   

Este pequeño introito, es sumamente necesario para poder describir a Luisa como artista, por cuánto uno es lo que se ve y lo que el entorno ha construido con nosotros, es decir somos nuestra propia historia.

Luisa dice que Aimé Painé, la primera cantora Mapuche reconocida, tuvo una gran influencia en su vida. Siempre recuerda a Aimé diciendo lo siguiente: «El saber quién es uno es el principio de ser culto». Y ella practica esta premisa cotidianamente. Por eso me pareció importante hablar de su “territorio”, allí está el hacer, la construcción de espacios, los movimientos, la relación gestual, es decir crea su propia proxemia que luego trasladara a sus puestas y también influirá en su estética.

¿Qué es el arte para Luisa Calcumil? Le pregunte alguna vez

Un modo de estar en la vida, un modo de estar en la vida sí. Porque el arte se nutre de la vida y la vida también se nutre del arte. Siempre está la impecabilidad, la sinceridad, esa posibilidad de comunicarnos, de que alguien está prestando atención a lo que vos estás pensando, a lo que vos estás imaginando, sintiendo o que a veces fantaseas también ¿por qué no?, si es parte del ser, la fantasía. ¿Qué sería de la vida sin fantasía? Con honestidad también de poder decir hasta aquí alcanzo, hasta aquí lo logré, o reconocer que tantos otros me han apuntalado para llegar hasta aquí. Cuántos compañeros de camino, de aprendizaje, de juego, de riesgo.

Es decir los caminos de Luisa están marcados por su SER y este por su historia, que tiene que ver con elementos sagrados de la mitología Mapuche, con elementos de la vida cotidiana de su barrio y la ruralidad de su gente, todo ese entorno construyen su estética artística. 

“La Negrita Calcumil, me decían mis vecinos, o “La Luisa”. Eso de ser considerada como alguien igual, pero tal vez más traviesa o más pícara, mas corajuda, ¡Qué va a ser, es la Luisa, es la que se atrevió! (sonríe). A algunos les gustaré un poco, a otros no tanto…pero soy eso, una mujer trabajadora. Siempre pensé en una vida buena, en generar una vida buena, una jornada buena, un día bueno, un encuentro. Lo que toque hacer, que sea bueno. Me acuerdo cuando era niña, y fallecía alguien, los vecinos íbamos a acompañar, a estar y yo me ofrecía para cuidar chicos, para cebar mates, para estar ahí. Mis papás querían irse y yo siempre me quería quedar, porque era curiosa y me gustaba ayudar, pero sin molestar. Mis padres siempre me enseñaron eso que no había que molestar, que había que ser respetuosa.”

Todos de alguna manera estamos en construcción y nuestra historia nos condiciona, esto nos hace artistas porque también sabemos que la vida es un proceso, un aprendizaje permanente, desde el principio al fin.

El mundo en el que vivimos nos “formatea” con frases como “Éxito”, “competencia”, “Triunfo”, palabras que no debieran figurar en el lenguaje del Arte, pero no figuran en la cosmovisión mapuche, por eso si observamos el camino de Luisa veremos que este, está compuesto por un respeto a la naturaleza, incluyendo el destino o el tiempo como parte de ella. Entonces Luisa, si bien se ocupa de su camino, -no pongo carrera, porque sé que ella no corre hacia ninguna lado-  a su vez fluye con él, con su instinto, no compite con nadie, no quiere ser exitosa, no le interesan los triunfos, solo le interesa el trabajo y de allí provienen los reconocimientos.

Luisa Calcumil trabaja en teatro desde 1975. Estrenó muchas obras como actriz, también como directora y dramaturga,  actuando en cinco películas de importancia internacional y en varios programas de televisión. Ha trabajado con el Gran Eugenio Barba y su grupo de teatro Odin Teatret, con el grupo de teatro LIBRES de Luis Beltrán y con el director teatral rionegrino Hugo Aristimuño, ha recorrido el mundo actuando en diversos festivales y dado conferencias en muchas Universidades y casas de estudios, ha llegado hasta Australia donde fue convocada por Universidades para conocer su cultura y sus obras, sin embargo continua viviendo en el Barrio San Martin, viajando al campo, y cuidando la memoria de su pueblo.

“Es que nuestro oficio nos ha dado esas herramientas, cómo no ponerlo en práctica en la vida cotidiana, en el mejor sentido. Indudablemente, los vecinos tienen una mirada distinta, bueno sí, dirán: “la artista es la Luisa”, pero no sé si saben lo importante que ha sido para mí, quedarme entre ellos, cerca de ellos. Hemos compartido muchas cosas. Se me viene a la mente una vez que, en aquellas épocas no muy buenas del país, los chicos del barrio solían jugar cerca de un desagüe, que no estaba limpio, que era muy peligroso. Entonces recuerdo de tener el impulso, y proponerles limpiarlo, sacar los yuyos, las ramas, y ese gesto les gustó, el trabajar juntos. Cuando terminamos, los chicos querían seguir haciendo cosas conmigo, les propuse que fueran a sus casas, que pensaran qué podíamos hacer para la siguiente vez que nos viéramos. Una de las ideas que tuvieron fue hacer una fiesta, estaban muy entusiasmados y así se fue creando un vínculo muy bonito. Aprendían a trabajar juntos, con sus compañeros”.

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Esta es Luisa, la vecina con un oficio diferente. 

Ese oficio que unido a su cotidiano, a su cosmovisión ancestral le otorga el sentido casi ceremonial o tal vez sin el casi, a su teatro, a su estética. Porque que es la estética, sino el nexo entre el arte y el contexto histórico-social-cultural o mejor dicho la comprensión social del Arte.

Pero también desde la cosmovisión de su pueblo (Mapuche) donde lo colectivo es una construcción permanente en todos los órdenes de su vida. El teatro de Luisa tiene la fortaleza de su identidad. La parábola de Aime aparece con toda su fuerza en Luisa, «El saber quién es uno es el principio de ser culto». 

Porque me obligo a citar esta frase nuevamente, porque su sentido es muy profundo, la comprensión occidental de “ser culto” se basa en los conocimientos, en el saber, en la acumulación de datos y el consumo de estos, en cambio en esa frase esta la cultura presente y sabemos que esta, es mucho más que eso, puede haber alguien en el medio del campo o la selva sin conocimientos de libros y datos de estos, sin haber ido a la escuela, sin embargo ningún ser humano esta desprovisto de cultura, esta es prácticamente intrínseca al él y sus relaciones con otros y con el ambiente donde se desarrolla. 

Luisa Calcumil es “su cultura” y su teatro es eso. Obras como “Es bueno mirarse en su propia sombra” “Folil”, “La mixtura” “Hebras” “Aukiñ”, “Alma de maíz”, “Testimonios” “Artistas de Patio”  el humor campesino se encuentra con “La tropilla del Ruperto” y la recién estrenada “Paso el reparo”, todas obras que tienen un patrón común “su cultura”, su especificidad. 

Pero también su musica es “su cultura” polkas, rancheras, milongas hablan de su gente, la campesina y la de Fiske Menuco, de la mujer trabajadora, del peon rural de su cotidiano.

Luisa construye a partir de saber quién es! Y ella sabe, que esa construcción individual proviene de “la comunidad”, de su barrio San Martin ubicado en la ciudad de Fiske Menuco (General Roca), de su familia Calcumil con raíces Mapuches pero también chilenas, de su cercanía con su gran e inmensa compañera Aime Paine y sus viajes permanentes a la ruralidad donde participan del cotidiano de las Abuelas, los y las caciques y machis que preservan la memoria de su pueblo y de aprender y aprehender la ritualidad participando de los Nguillatum o Camarucos. 

Esos encuentros van acentuando su “ser”, y toda su vida se tiñe de ellos, sus cumpleaños duran una semana, y llega gente todos los días, con sus saberes, con su ancestralidad, con su narrativas y cantos, todo se transforma en fiesta y encuentro, todos los días se aprende algo nuevo, las culturas se entrecruzan, las abuelas con sus saberes y una antropóloga con sus conocimientos, el cantor con sus paisajes sonoros y el bailarín con su movimiento, y que es esto? Sino un ritual festejando la vida.

De allí se nutre la poética y la estética de Luisa, de su vida, de su autenticidad, de su natural práctica diaria de su identidad.

En todas sus manifestaciones Luisa no puede escapar a su cotidiano y a su origen, por eso cuando aparece en escena sucede una energía que nos obliga a entrar en ese mundo mágico y de conexión mitológica.

Su paso por el Grupo Libres fue muy enriquecedor para quienes lo integrábamos en ese momento. Habíamos nacido en 1984, conocimos a Luisa personalmente en un Regional de Teatro que se hizo en Río Colorado, ella con “Es bueno mirarse en su propia sombra y nosotros con “Aqueronte” ambas con temática muy regional, muy rionegrinas, entonces creo que fue reciproca la empatía. Nuestro director Hugo Aristimuño la invita a trabajar con nosotros. La línea de trabajo era una mezcla aún, pero se enmarcaba en lo que luego conoceríamos como Teatro Antropológico. El trabajo era intenso, entrenábamos mucho, Luisa, comenzó a ensayar una obra sobre la historia de Latinoamerica, basado mucho en los libros de Galeano, se llamó Alma de Maiz, y fue muy impactante y convocante. Se estrenó en nuestro teatro EL GALPON y luego viajo por todo el país y latinoamerica. Aunque fue un unipersonal, realmente todo el grupo entrenábamos juntos y a partir de allí se generó un amistad que perdura.

Luisa viajaba los días viernes y se quedaba hasta el domingo, prácticamente vivíamos en el Teatro todo el fin de semana. Recuerdo varias anécdotas de aquellas épocas, en una de sus venidas mientras almorzaba en casa, mi suegro le regalo a Luisa un pavo, según el alimentado a nueces.

Hasta la próxima

Pablo Otazu -18/2/22

Transcripción

Agustina Otazu


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