Niños y niñas de ayer, hoy y siempre

Por Ana Arriza 

El estatus de la niñez no ha sido el mismo en todos los lugares ni en todas las épocas: “adultos pequeños”, mano de obra fabril o campesina, propiedad de los padres, sujetos de derecho y marcadores de tendencias. La idea de la niñez es una construcción social que habla más de la trama de una sociedad y sus modos de entender el mundo, que del niño mismo.

No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus niños. Nelson Mandela

El día del niño se celebra en nuestro país desde hace ya 60 años  y, aunque la fecha ha variado según las posibilidades de ventas de las jugueterías, su sentido original poco tiene que ver con las demandas del mercado.

Su inicio va de la mano de la Declaración Universal de los Derechos del Niño y la recomendación de la ONU de asignar una fecha de celebración en cada país para promover el bienestar de niñas y niños con actividades sociales y culturales.

Desde entonces, la dinámica de nuestra vida ha dado luces y sombras sobre nuestra idea primigenia de la niñez y la posibilidad de poner en diálogo las necesidades vulneradas de muchas infancias con las políticas adultas responsables de garantizarlas.  

“Lo que se dé a los niños, los niños darán a la sociedad”. Karl A. Menninger.

Niños, niñas, niñes, niñ@s, adolescentes, infancias. Convenciones, derechos, leyes y políticas. Muchas ideas, varias dudas, distintos intentos, algunas conquistas y un sistema que cambia, se globaliza, compara y desafía: ¿cuánto del proceso de construcción de una sociedad somos capaces de proyectar desde el cimiento, que es la infancia?

El día del niño, además de un festejo, es el reflejo de un doble compromiso, asumido con cada uno de aquellos a los que les debemos la oportunidad de desarrollarse plenamente conforme a todo su potencial y con la sociedad en la que deseamos transformarnos.

Cada año, cada agosto, cada día del niño es una oportunidad de volver a poner en foco estas cuestiones esenciales, de considerar su presente y nuestro futuro, de volver a comprometernos con susposibilidades de ser felices y asegurar, así, las nuestras.


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