Una historia de hechizos, magos y la ansiada lámpara de Aladino

Qatar.- A los 19 minutos del segundo tiempo Messi recibe un preciso envío de Angel Di María en una posición inmejorable, acomoda el balón y dispara perfecto esquinado, inalcanzable para el arquero rival.

Inmediatamente, los cronistas que hurgan en los lugares menos evidentes, levantaron sus teorías. En el instante sanador no solo sucedió el gol para construir un triunfo frente a México que habilitó la ilusión por un puñado de días más. Como en una historia de magos, brujas y hechizos, en el partido transitó la magia.

Es probable, pudiera sugerir J.K Rowling -la autora de Harry Potter- que ese disparo tuvo la potencia y perfección suficiente para deshacer los maleficios que habían convertido al campeón de la Copa América en un equipo errante, torpe y sin fuego. Hasta ese maravilloso instante, el equipo de Scaloni no era. Era otro. Un impostor vagabundo, sin destino.

El cuento que mejor encaja en esta historia es el de Aladino, una de las historias de Las mil y una noches y una de las más famosas en la cultura medio-oriental. El golpe perfecto de Messi al balón o la lámpara de Aladino activó al genio (10) que permitió conceder el deseo envuelto en un nudo de garganta del capitán argentino. Entonces el conjunto albiceleste recuperó las articulaciones que parecían absolutamente estropeadas.

El francés Antoine Galland fue quien agregó la historia de Aladino a la edición original. Podemos suponer que no se resistiría a contemplar esta teoría futbolera.

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A partir del estallido que ahuyentó las entidades más tenebrosas, la selección Argentina recuperó su andar sólido, compacto. Agitó las cuerdas que activaron un mejor movimiento colectivo, recuperó personalidad, astucia y volvió a ser temible. Es cierto, su rival también recibió el golpe emocional del gol, pero fue innegable la reaparición de un equipo que hasta ese momento luminoso había permanecido tirado en un obscuro calabozo.

Y la confirmación de este cambio sucedió minutos después, ya con las nubes negras de los peores hechizos disipadas, cuando el joven Enzo Fernández -o el Rey Arturo, como prefieran- ensayó un movimiento de Merlín para engendrar  un gol extraordinario.

A esta altura del partido dejaron de escucharse los cuervos y las hienas que se unían para lanzar los peores augurios.

Algo tenía esa pelota que el 10 logró encender a los 19 (1+9=10) del segundo tiempo y que convirtió la calabaza en -nuevamente- una vistosa y veloz carroza.

Según el escritor masón y astrónomo Mario Roso de Luna, la lámpara de Aladino es producto de la naturaleza divina y nuestra. Es decir, que es nuestro deber crearla mediante la industria laboriosa del fuego divino.

Mario estuvo siempre convencido de que esa lámpara representa lo que todos llevamos dentro, pero que tenemos que encontrar mediante la intuición que será dada por nuestro «mago interior». Y así fue.


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