Miedo al Miedo – Cuando la amenaza no desaparece

Por Ana Arriza

Pocos días atrás palpitaba en el aire la ilusión de salir, de volver a salir, mientras leíamos cómo nuevas medidas iban abriéndonos las puertas. Algunos volvieron a trabajar en los negocios que sostienen familias completas, otros vivieron el alivio de dar los primeros paseos con los niños en el aire fresco o de retomar aquellas actividades que colman el alma y otros recuperaron el placer de volver a reunirse con los seres queridos. El pueblo entero vibrando con una euforia tangible, con esa clase de triunfo que se celebra en un titular de tapa.

Las conquistas que se comentan en voz alta son las que no pensamos provisorias, las que atesoramos como garantías. Pero fue distinto en este  caso. En pocos días, volvimos a ver de cerca la amenaza de que la enfermedad volviera, con la sensación indefinible de que el aislamiento podría no terminar. La incertidumbre tomando el control de la realidad y su devenir y el miedo gobernando nuestras emociones.

Muchos han vivido esta pandemia con temor. Algunos, a la enfermedad. Pero la gran mayoría, con preocupación por cómo resultaría el futuro, cómo se resolvería –si es que acaso se resuelve- la incertidumbre de estos nuevos modos de vivir.

Muchos han vivido esta etapa de pandemia con preocupación por cómo resultaría el futuro.

La incertidumbre es, en realidad, la constante más absoluta en la  vida. Nacer, morir, enamorarse, mudarse. Cada episodio de nuestras vidas se define precisamente cuando acontece lo inesperado y se presenta lo inédito. El primer beso, el primer trabajo, la primera gran pérdida son hitos, mojones que hilvanan la historia de cada uno hasta convertirnos en quienes somos. Y en cada ocasión, la ansiedad por lo incierto tuvo mayor o menor protagonismo. Hay quienes enfrentan el miedo con ferocidad, combatiendo fuego con fuego; también están los capaces de replegar las tropas y atrincherarse para salvar lo más vital y, en un tercer lugar, más discreto y quizás menos visible, están los que frenan las rotativas, detienen las maquinarias y, expectantes, conservan la sangre fría hasta decidir la jugada.  Ninguna opción es mejor que otra. Cada quien elabora la realidad según los recursos con que cuenta.

Gestionar la incertidumbre no significa evitar el miedo, sino responder a él con la mejor respuesta que somos capaces de elaborar.

Lo cierto es que ya hemos hecho la experiencia, no hay retroceso en las medidas que nos quite el aprendizaje de cómo contener la situación. Como comunidad sabemos más que lo que sabíamos al empezar el aislamiento, tenemos armadas redes para sostener la pelea. También somos conscientes de que el costo no lo pagamos parejo y urge ser considerado con el otro. Ese otro que puede ser quien tienda la mano cuando nos falte apoyo, quien salve la angustia cuando la incertidumbre crezca y nos enseñe, con su ejemplo, cómo ganar la batalla cuando el peor enemigo es el miedo al miedo.

, , ,