Una historia de amor: cavaron un pozo en el patio para tener la pileta, el sueño de sus hijos

Río Colorado.- Esta historia está cubierta de amor, tiene palas a los costados, arena en el fondo y un inmenso sueño cumplido.

María y Roberto están casados hace 25 años. María es ama de casa y, cuando puede, hace trabajos por hora. Y Roberto es ayudante de albañil. De este amor llegaron 7 hijos, dos de ellos tienen una discapacidad. Abrazados a la fe y al sacrificio diario, hacen lo imposible para que la familia transite por la mejor senda.

Esta historia se encuentra en el barrio Villa Mitre de Río Colorado, donde residen. Los padres quisieron cumplir el sueño del pequeño Matías y sus hermanos. Ellos deseaban tener una piscina en el patio. Sus padres, ante este pedido, la idearon e improvisaron una pileta que no tiene las luces que van cambiando a cada minuto, o un sistema de desagote automático. Se trata de una pileta echa a sudor y palas en la que trabajó toda la familia.

Esta pileta, según comentó María, se hizo porque Matías -que hoy tiene 12 años y presenta un retraso madurativo-, quería poder bañarse en una piscina, “un sueño muy anhelado por él y sus hermanos más pequeños en las tardes de calor». Los otros dos, mayores,  se encuentran estudiando en Bahía Blanca.

“La idea empezó cuando quisimos armar nuestra pileta “pelopincho” y nos encontramos que habíamos perdido los caños, así que era imposible armarla, y viendo las caras de desilusión de los chicos. Nos miramos con mi marido y nos preguntamos qué hacemos”, contó María. En ese momento apareció una vecina y les dijo: “¿Y si la entierran?”. “A partir de esta idea, pensamos por qué no, mi marido sacó las medidas y empezamos con esta loca aventura”, describió María y contó que los vecinos y familiares los miraban como si estuvieran locos, y por momentos la risa saltó espontánea.

“La llenamos, cada gota que caía era como un sueño cumplido. Las caras de ellos fueron cambiando y esperando dar el primer chapuzón en esta piscina, como la denomina Matías”, contó María y aclaró: “eso sí, el desagote es balde tras balde”.

La casa de la familia, cuenta María, es modesta. Pertenecía a la abuela de Roberto, y de a poco la fueron arreglando. Colocaron el piso, hicieron habitaciones. Y todo a pulmón. También costó poder comprar el termo tanque para poder bañarse. Antes, había que calentar el agua en una olla.

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Roberto Cigarra es ayudante de albañil, entra muy temprano a trabajar y cuando podía descansar unos minutos, agarraba la pala y empezaba a cavar un pozo con las dimensiones de la “pelopincho”. Luego pusieron arena debajo para que no se pinche, colocaron unos caños a los costados para que no se desarme y pallets alrededor, atados con alambres. “Y la llenamos, cada gota que caía era como un sueño cumplido. Las caras de ellos fueron cambiando y esperando dar el primer chapuzón en esta piscina, como la denomina Matías”, contó María y aclaró: “eso sí, el desagote es balde tras balde”.

La convivencia no fue fácil durante la pandemia porque Matías salía a la calle agobiado por el encierro. Y además de su discapacidad, tiene problemas respiratorios y en la piel con alergias. Érica también tiene una discapacidad. El cuidado diario implica gastos, ya que las cremas y los estudios son muy caros.

María dice que se siente feliz por la familia que construyeron. “Vivimos del trabajo diario y con lo que juntamos pagamos todos los servicios y enviamos dinero a nuestras hijas mayores que están estudiando, es un sacrificio enorme ya que nos hemos atrasado en enviar el dinero”, admitió. Muchas veces deben poner en la balanza si pagan el alquiler en Bahía Blanca o comen. Es una situación complicada. “Pero nunca bajamos los brazos”, aclaró convencida y sonrió.


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